¿Por qué elegí esta fotografía para fundamentar el sentido de ser docente?

 

Foto 1. Cumpleaños de Jesús Heras Ramírez (sentado al centro). Festejando el 42 aniversario, acompañado del excelente equipo de trabajos que integré para dirigir el proyecto académico como Director de la División de Informática de la Universidad Tecnológica Fidel Velázquez. 14 de junio de 1997.

Por la cintura cósmica del sur…
Canción con todos
Mercedes Sosa
¿Por qué elegí esta fotografía para fundamentar el sentido de ser docente?

En el ensayo presentado para la evaluación de las actividades académicas de la segunda semana del curso What future for education?, impartido por el Instituto de Educación de la London University, concluí con la expresión de las primeras líneas de la  Canción con todos de Mercedes Sosa, como un intento de significar el hecho de que, por las circunstancias de la vida, se operó un giro de 180° en la configuración de mi mundo particular: migrar con mi familia en la década de los sesentas del siglo XX: del norte (de Montemorelos N. L.) “industrial y moderno, al sur, agrícola y premoderno (Yautepec, Morelos).
Este proceso fue muy significativo en la configuración de mi campo de experiencias y de mi horizonte de expectativas que marcarían el itinerario de mi vida futura: el ser docente. Precisamente, al aprender en la infancia a transitar “por los caminos del Sur”,[1] mi formación escolar y de vida, dio un giro espectacular: cambiar del “Colegio Nuevo León” (una escuela católica privada, para hijos de los ricos y clase media) a la “Escuela Primaria Miguel Hidalgo” en Yautepec, Morelos (una escuela pública federal, para los “piojosos y mugrosos” como decía la élite racista y clasista de Nuevo León).
Este cambio de contexto social, histórico, cultural, económico y educativo, me obligó a reaprender rápidamente los nuevos sentidos y significados de la vida social y escolar, al pasar de una infancia de un niño que lo tenía “todo en la vida”, a padecer hambre y miseria y tener que asistir a la escuela descalzo y sin comer, pero que, a pesar de esta nueva condición social, el hambre por aprender cosas nuevas y salir adelante en la vida por la vía de la cultura y el progreso escolar como única posibilidad de movilidad social.
Hoy, en esta etapa de mi vida, reconozco sin duda alguna, que, gracias al aprecio que mi madre tenía por la vía escolar como única posibilidad de mejora de nuestras vidas (la mía y de mis otros siete hermanos quienes quedamos huérfanos, debido al terrible asesinato de mi padre, a quien le quitaron la vida por arrebatarles sus tierras ejidales que poseía en Yautepec Morelos), pues gracias a las posibilidades de formación escolar que obtuve en las “escuelas de los piojos mugrosos”, lo poco que tengo, lo poco que valgo y lo poco que soy, ahora tengo la oportunidad – como profesor – de tomar este interesante curso – aunque sea distancia – en esta importante institución educativa de la London University.


Yo no quería ser maestro
Aunque mi desempeño escolar siempre se caracterizó por obtener notas de excelencia, pues a pesar del hambre y la miseria que connotaba mi vida familiar, obtuve un promedio de calificaciones de 9.8 al término de mi educación primaria y de 9.7 al terminar mis estudios en la Escuela Secundaria Federal en Yautepec Morelos.
Al continuar mis estudios de bachillerato se presentó ante mí una condición muy compleja: estudiar la escuela preparatoria en la ciudad de Cuernavaca, Morelos, cuya institución educativa era parte de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), lo cual me posibilitaría realizar mis estudios de licenciatura en el campo de la ingeniería electrónica como era mi deseo, u optar, por estudiar la carrera de maestro de primaria en el Centro Regional de Educación Normal, en donde estudiaban ya, mis dos hermanos mayores.
Pero, por mis experiencias negativas que tuve por la actitud autoritaria y represiva de parte de algunos mis profesores y profesoras en el transcurso de mi educación primaria y secundaria, yo detestaba ser maestro.
Aún tengo muy presente los castigos que nos infringida nuestro profesor de tercer año de primaria al imponer el orden y la disciplina – es decir, permanecer siempre callados y sentados – en la dinámica de la clase. En ocasiones, arrojaba el borrador para pegarle en la cabeza al estudiante que estuviera hablando; en otras ocasiones, arrojaba los ices para golpear a diestra y siniestra a todo aquel estudiante que hablara o separara durante la clase. Como yo, a pesar de que sólo tenía 10 años de edad le reclamaba sobre su conducta agresiva en contra de los estudiantes, por protestar, un día, fui a parar castigado a medio patio, a plenitud de los rayos solares del mediodía y bajo un calor infernal, el profesor me obligó a hincarme en el cemento y tener que cargar dos tabiques en cada una de mis manos, y puso a uno de mis compañeros para que mi vigilara y no cambiara mi posición, pues si lo hacía, me infligiría un castigo mayor: expulsarme del escuela.
Cuando cursaba el cuarto año de la escuela primaria la maestra puso como regla que iba a imponer una multa de pagar 0,20 centavos a todo estudiante que hablara durante la clase. En una ocasión estábamos resolviendo una tarea de matemáticas con operaciones de sumas y restas de fracciones decimales. Mi compañero de banca me pidió que lo auxiliara en la resolución de dicha tarea. Como yo empecé a explicarle cuál eran los procedimientos para realizar dichas operaciones, en ese momento la maestra se dirigió a mí y me dijo con una voz muy autoritaria: “Jesús, estás hablando, tienes que pagar tu multa de 0,20 centavos”.[2]  Pero maestra – le repliqué, a modo de explicación – no estoy hablando, es que mi compañero Santiago me pidió ayuda para que yo le explicara cómo se resuelven las operaciones con las fracciones decimales.
“Jesús, Jesús, estás hablando – terció la maestra – tienes que pagar tu multa de 0,20 centavos.”
Pero… maestra… Déjeme explicarle – volví a insistir – no estaba hablando, es que mi compañero Santiago me pidió que por favor le ayudara y le explicara cómo se resuelven estas operaciones.
“Nada de explicaciones Jesús – cortó tajantemente la maestra –, las reglas son las reglas, y tienes que pagar .20 centavos porque esa es la multa por hablar en clase.
Me puse de pie, y llorando, le mostré mis bolsillos vacíos de mi pantalón roto y le dije entre sollozos: “maestra, no tengo 0,20 centavos”
“Buen – sentenció la maestra – como no estás dispuesto a pagar tu multa, entonces tu castigo va ser que te mantengas de pie, aquí, frente al pizarrón, de cara frente a tus compañeros para que vean que es lo que les pasa a aquellos que hablan en clase”
Tomé mi cuaderno y mi lápiz y me dirigí frente al pizarrón para cumplir con el castigo que me imponía mi maestra. Continué trabajando con mi tarea de matemáticas de resolver las operaciones de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones con fracciones decimales. esta actividad la realicé en el más profundo silencio. Cuando tocaron la campana para llamar al recreo todos mis compañeros salieron menos yo, porque la maestra no me levantó el castigo.
La maestra me volvió a insistir con que pagar a la multa de 0,20 centavos por hablar en clase, multa, que ella arbitraria e impositivamente había determinado sin preguntarle a ningunos de los compañeros. Yo no protesté por dicha medida, debido a que recordaba vivamente el rudo castigo que me habían impuesto el año anterior por defender a mis compañeros de la actitud grosera y hostil que el maestro mostraba en contra de los estudiantes de la clase.
Después del recreo, regresaron todos mis compañeros a la clase, y la maestra seguía sin levantarme el castigo. Por su parte, me volvió a insistir de cara al grupo para que yo pagara la multa. Yo sólo atiné a volverle a mostrar mis bolsillos vacíos, y decirle suavemente con el mayor respeto y un profundo dolor que no tenía dinero. Esta situación me apenada mucho, porque mostraba plenamente mi estado de pobreza económica – que no mental ni de conocimientos, y a partir de ahí, aprendí que estos dos serían las fuertes columnas en que habría de sostener mi vida.
A las 12:30 del día, tocaron nuevamente la campana escolar como señal de que terminaban las labores escolares. Todos mis compañeros tomaron sus mochilas, guardaron sus útiles escolares y se dirigieron a sus casas, yo en tanto seguía de pie, castigado por la maestra.
Casi a las 3:00 de la tarde, como la maestra observaba que yo seguía de pie y no estaba dispuesto a ofrecerle ninguna promesa de que pagaría la multa al siguiente día, me dijo con voz desesperada: “Bueno ya, te levanto el castigo – ella también tenía que retirarse a su casa – con la condición de que me pidas perdón”
Inmediatamente sentí como recorría mi cuerpo dos hilos que estaban ahí ocultos y que nunca los había percibido con tal claridad en mis sentimientos: único no negro de dolor y uno de coraje, los cuales se entretejida en lo más profundo de mi ser y le dije con una voz firme pero serena: “no maestra, no tengo porque pedirle perdón, yo no he hecho nada indebido, y a usted no le faltado al respeto, pero sepa que cuando hago algo mal, a los únicos que le pido perdón son a Dios y a mi madre, pero usted no, no le voy a pedir perdón, aunque siga castigado.
En un tono de rabia y de agresividad, note como la maestra tomaba sus cosas del escritorio y de manera muy violenta me gritó y me dijo: “Ya, lárgate a tu casa, te crees muy listo, pero no eres más que un escuincle rebelde. La vida se va a encargar de cobrarte tus rebeldías, eres un majadero. Ya lárgate.
Este acto marcó profundamente mi psique infantil. Por un lado, aprendí que, para salir adelante en la vida mi único apoyo serían mis conocimientos y mi fuerza de voluntad; y por el otro, aprendí que el dolor y el coraje iban a ser el motor de mi rebeldía frente a las injusticias, la miseria y la desigualdad social que habían tocado a las puertas de mi conciencia y mi pensamiento.
En quinto año de primaria, a unos meses de iniciado el ciclo escolar había un gran tumulto a la entrada de la escuela. A la entrada de la puerta del edificio escolar se encontraba el director escolar junto con la presidenta de la asociación de padres de familia, deteniendo a todos los estudiantes cuyos padres no habían pagado aún la cuota de “cooperación” que se había fijado para todas las familias de los estudiantes de ese plantel escolar.
Como en ese momento yo era el hermano mayor encargado de llevar a la escuela a mis otros tres hermanos más pequeños (yo cursaba el quinto año, mi hermana Isabel el cuarto año y mis otros dos hermanos el segundo año), estos, al advertir que estaban impidiendo la entrada de los estudiantes por falta de pago de la cuota a la asociación de padres de familia, hábilmente en la confusión, mis tres hermanos lograron evadir la vigilancia y entra una sus clases.
Yo no tuve igual fortuna, pues la presidenta de la asociación de padres de familia me señaló con el dedo y le dijo al director que mi mamá no había pagado las cuotas de sus cuatro hijos, y por lo tanto, debía impedirme la entrada al escuela.
En efecto, me quede en la calle, pensando que es lo que tenía que hacer. No podía regresar a casa y decir la mi madre que no me dejaron entrar porque ella no había pagado las respectivas cuotas escolares, pues a esa edad – yo tenía 12 años – tenía plena conciencia de que mi madre no pagaba porque se negaba a hacerlo, sino que del dinero que obtenía de lavar y planchar ropa ajena, apenas le alcanzaba para darnos de medio comer y medio vestirnos, y yo, no podía exigirle algo que sabía perfectamente que ya no tenía el dinero a realizar dichos pagos.
Así que, sentado en la banqueta de la calle con mis cosas escolares – mis libros de texto gratuito mi cuaderno y mi lápiz – me puse a pensar cuál era la mejor manera de poder resolver ese problema. De repente, vino a mi mente – en ese momento era mi única aliada para ayudarme a resolver el problema – una idea que me pareció brillante y que me podía ayudar a resolver dicha situación. “Ya sé lo que voy hacer para tener dinero”
Enfrente de la escuela estaba una papelería – así se le dice en Yautepec Morelos a los negocios dedicados a la venta de artículos escolares – cuyo dueño era un señor a quien todos afablemente le decíamos “Pillo” – como diminutivo de Lupillo, pues su nombre era Guadalupe –
 Me dirigí al negocio y saludé amablemente al tal “Pillo” y le dije: “te puedo pedir un favor Pillo”. “Ahorita no estoy fiando nada” como una forma de proteger su economía por si yo pensaba pedirle algún artículo escolar y pagárselo posteriormente.
Le dije: “no, no te voy a pedir nada fiado. Sólo te quiero pedir por favor si te puedo encargar mis cosas y al rato regreso por ellas. “Ya te vas a ir de pinta verdad” me dijo con voz pícara, pensando en que me iba a salir de la escuela sin permiso y me iba ir a vagar por las calles.
No, – le dije a modo de explicación –, es que voy a ir al mercado, porque mi mamá me pidió que le hiciera unos mandados[3].
“Bueno, está bien – me dijo Pillo – pero no te tardes mucho.
Gracias Pillo – le dije alegremente –, no me voy a tardar mucho. Salí corriendo rumbo al mercado del pueblo para llevar adelante mi idea de cómo obtener dinero para pagar las cuotas escolares y que pudiéramos entrar sin problemas a nuestra escuela. ¿Cuál era el plan que tenía en mente para lograr tal propósito? Una vez que estuviera en el mercado iba buscar a las señoras que cargaban sus bolsas llenas demandado y poder ofrecerles mi servicio de cargarlas en lugar de ellas.
Inmediatamente visualicé a la primera señora que venía con dos sus bolsas del mandado llenas. Me acerqué a ella cortésmente y le dije: “Señora, señora ¿le puedo ayudar con sus bolsas? ¿Quiere usted que yo las cargue?”
Se me quedó mirando fijamente y me preguntó: “¿Pero no eres tú el hijo de la señora que quedó viuda de uno de los Heras? ¿Y tu, que andas haciendo aquí, si los Heras son de los más ricos del pueblo? Además, ¿qué haces fuera de la escuela? A esta hora – eran como las 8:30 de la mañana – ¿No deberías estar en clase?”
Si – le contesté a modo de explicación – pero como no me dejaron entrar a la escuela porque mi mamá no ha podido pagar la cuota, entonces pensé que, en lugar de irme de pinta podía yo venir al mercado ayudarlas a las señoras a cargar sus bolsas del mandado y ver si me dan algo de dinero a cambio para que yo pueda apoyar a mi mamá para pagar esas cuotas y que nos dejen entrar a la escuela a mis hermanos a mí.
La señora vio como mis ojos se llenaban de lágrimas, y ella también, como en un gesto de empatía también se le rodaron algunas lágrimas y me dijo.
“Está bien, pero vivo hasta la San Juan – una colonia que quedaba como a cinco cuadras del mercado – ¿pero si te vas a aguantar las bolsas?”
Si señora – le dije con una sensación de ver que triunfaba mi idea de obtener legítimamente, mediante el trabajo, algún dinero para poder pagar las cuotas escolares y no tener que molestar con ello a mi mamá.
Durante esa jornada pude obtener la cantidad de dos pesos por el trabajo realizado. tenía que regresar antes de las 12:30 que era la hora de salida de todos los estudiantes, para que mis hermanos no notaran mi ausencia y pudiera yo regresar con ellos a la casa y que tampoco mi mamá se enterara de que yo había faltado a la escuela.
Regresé a la papelería de Pillo y le agradecí el que haya resguardado mis cosas, esperé a mis hermanos y regresamos tranquilamente a casa. Al otro día se encontraba la misma situación, el director y la presidenta de la asociación de padres de familia seguían deteniendo a los estudiantes cuyos padres no habían pagado sus respectivas cuotas y no los dejaban entrar a la escuela.
Como yo ya tenía dos pesos en la bolsa, me acerqué al director y junto con mis hermanos le dije: “Maestro Director: dice mi mamá que aquí le manda dos pesos para abonarle el pago de la cuota, que después le manda lo que falta para completar los 10 pesos[4], y que si por favor nos puede dejar entrar a la escuela.”
El Maestro Director le entregó los dos pesos a la presidenta de la asociación de padres de familia, registró el pago provisional en una lista y pudimos entrar sin problema a tomar nuestras clases como siempre. De este modo, aprendí desde pequeño a resolver mis propias miserias. Aprendí que los problemas económicos no se restauren con dinero en primera instancia, pues se requiere de tener buenas ideas, proyectos claros y acciones firmes para resolver las críticas situaciones económicas. Esta condición de aprendizaje sería la huella psíquica que me ha acompañado durante toda mi vida.
Durante el sexto año de la escuela primaria. aprendí a conjugar el verbo “amar” odiando.
Era frecuente que, mi maestra de sexto año nos dejara como actividad el conjugar el verbo amar en todos sus tiempos. Como yo había desarrollado mis habilidades académicas en este campo, además de mis conocimientos en matemáticas, en historia, en geografía, en biología y otros más, era el estudiante que más rápidamente terminaba la tarea de conjugar el verbo amar en todos sus tiempos.
Como la maestra se salía del salón de clase y se ponía a platicar a medio patio con otra de sus colegas, cuando terminaba mi tarea de conjugar el verbo amar en todos sus tiempos habidos y por haber salía presuroso del salón de clase y me dirigí a la maestra para que ella viera mi buen desempeño y que rápidamente había terminado con mi tarea y que me calificara.
La maestra muy molesta me decía: “¿Por qué te sales del salón de clase? Regresa inmediatamente, ahora que llegue te califico.”
La maestra no regresaba rápidamente, seguía platicando alegremente con su compañera, y yo mientras aburrido en el salón de clase observando como mis compañeros brincaban, jugaban, hacían de todo, menos la tarea de conjugar el verbo amar en todos los tiempos.
Cuando finalmente regresaba la maestra, yo me formaba frente a su escritorio para ser de los primeros en que les calificara la tarea. Pero la maestra me regañaba y me decía: “A ti, por salirte del salón de clase sin mi permiso y hacerme pasar el ridículo frente a la maestra Carmelita – que era el nombre de su compañera –, tu, vas a ser el último en que te califique.
Por mi parte, regresaba mi lugar a sentarme y seguir aburrido esperando a que el resto de mis compañeros terminaran y les calificara. Aprendí entonces, a usar mi tiempo para aprender cosas nuevas de mis libros de texto gratuito. Y, mientras mis compañeros terminaban de conjugar el verbo amar, yo leía mis libros de matemáticas, de historia y geografía, de español.
De mi libro de matemáticas seleccionaba los ejercicios más difíciles para practicar y cuando me pidieran resolver alguna tarea ya sabría cómo hacerlo; de mis libros de historia y geografía me gustaba aprender en donde se realizaron los grandes acontecimientos históricos, en qué países se habían realizado, cuáles serán las grandes batallas que habían librado diversas civilizaciones; aprendía de los diversos fenómenos geográficos, tales como donde se localizaban los grande ríos, las grandes montañas, los distintos mares y océanos y me dedicaba imaginar si algún día tendría el suficiente dinero para visitar aquellos lejanos lugares.
Por esas extrañas cosas de la vida social y política de mi país, en esa época, en pleno movimiento estudiantil de 1968, cuando apenas tenía doce años y cursaba el sexto año de primaria, en mi escuela Miguel Hidalgo, se convocaba a todos los estudiantes para elegir democráticamente al comité estudiantil que los habría de representar, con el hecho de que, sólo podían votar los alumnos a partir del tercer año, pues según estos criterios ya eran de los niños grandes que podían tomar decisiones, no así los chiquitines de primero y segundo año, pues algunos de ellos no sabían leer ni escribir, sólo sabían deletrear.
Decidí hablar con algunos de mis compañeros, los que teníamos mejores calificaciones, y poder formar una planilla para competir por el comité estudiantil en mi escuela primaria. De esta manera, logre convencer a dos compañeros y dos compañeras para formar nuestra propia planilla, a la cual designamos con el color de “La Planilla Azul”
Los dos compañeros eran del sexto A, quienes eran considerados como los mejores de ese grupo y dos mujeres del sexto B, quienes eran de las más aplicadas de ese grupo, y yo, que era el alumno más destacado del sexto C.
En nuestra reunión decidimos democráticamente como quedarían integrado los diversos nombramientos, cuál fue mi sorpresa que los cuatro compañeros estuvieron de acuerdo que yo fuera el presidente de la planilla. Por mi parte argumenté que si estaban de acuerdo en que yo fuera el candidato a ser el presidente del comité estudiantil, pedía que uno de los puntos importantes en nuestra plan de trabajo debía ser el que le pidiera Moss a las autoridades del escuela y a la asociación de padres de familia, que permitieran que nuestros padres pudieran pagar la cuota escolar en diversos plazos, y que ya no se cobrara por cada hijo inscrito, que la cuota fuera única de cinco pesos por cada familia, independientemente del número de hijos que estuvieran registrados en escuela. Que, además, deberíamos solicitar que se aumentara el número de desayunos escolares para que alcanzaran para más estudiantes, y que, en lugar de que se pagaran 0,20 centavos por el desayuno escolar, este costara la mitad, es decir, sólo diez centavos.
En realidad, no sabía cómo habían surgido en mi mente estas dos ideas, pero mis compañeros estuvieron de acuerdo, y con estos dos puntos, organizamos nuestra campaña estudiantil. Nuestro triunfo fue arrollador, obtuvimos casi el 80% de los votos emitidos y el director de la escuela nos dio el nombramiento del comité estudiantil de la Escuela Primaria Miguel Hidalgo. Al triunfar me di cuenta y tomé conciencia de que estas dos ideas que nos llevaron al triunfo en una contienda democrática, en realidad surgieron como una reflexión de mis propias necesidades y de mis propias miserias, pero que, al igual que yo, la inmensa mayoría de mis compañeros sufrían de esa misma condición.
Este nuevo aprendizaje marcó definitivamente mi incipiente conciencia social y política, La cual, por cierto, junto con mi espíritu rebelde, con mis conocimientos y la firmeza de mi voluntad han sido mis compañeras de toda la vida, para luchar socialmente en contra de las injusticias, en contra de las desigualdades sociales y en contra de la pobreza; luchar toda la vida, para que la educación esté al alcance de todos y que los maestros no sean injustos con sus estudiantes, que los apoyen, que estén con ellos cuando más necesitan aprender y que si se retrasan un poco en sus aprendizajes o no cumplen adecuadamente con sus tareas escolares, busquen nuevas maneras para que puedan enseñar con paciencia, con sabiduría y sobre todo con un profundo amor, porque esto puede ser la palanca que nos permita salir de la condición de miseria y de pobreza en que se encuentran muchos de los niños de México y del mundo.
Por esta razón, yo no quería ser maestro, pero cuando no me quedó otra alternativa y no pude estudiar en la universidad, me resigné a estudiar para maestro, cursando mis estudios como profesor de educación primaria en el Centro Regional de Educación Normal, en iguala Guerrero.
¿Por qué elegí esta foto del 14 de junio de 1997?
Porque después de una larga trayectoria como profesor de primaria, de secundaria, de haber obtenido una plaza mediante un concurso de oposición para obtener un nombramiento como profesor de tiempo completo en la Escuela Normal Superior de México, y después de haber descubierto durante muchos años, lo maravilloso que puede ser ejercer esta extraordinaria profesión, tuve la oportunidad de que me invitaran a formar parte del equipo fundador de una Universidad Tecnológica, inspirada en un modelo educativo francés, y que por primera vez en México se inició su desarrollo en 1991.
Fue así como al ser parte del equipo fundador de la Universidad Tecnológica Fidel Velásquez, en el municipio de Nicolás Romero, Estado de México, fui nombrado director de la División de Informática de esta universidad. A esta institución educativa llegaban los jóvenes desahuciados social y económicamente, aquellos que habían sido rechazados ya por las grandes universidades públicas de este país, tales como la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana, o el Instituto Politécnico Nacional, por señalar sólo algunas de las más reconocidas, estos jóvenes rechazados escolarmente – y en muchos casos por su precaria condición económica y social – llegaban a la Universidad, y decían “voy a estudiar aunque sea en la Fidel Velásquez” y, aunque solamente me den el título de “Técnico Superior Universitario”, pues yo quería ser ingeniero o de perdis licenciado, pero ya ni modo, aquí voy a estudiar”
Por eso elegí esa foto, porque ahí se muestra parte de un equipo extraordinario que logré conformar para llevar adelante el proyecto académico de la división de informática, y poderles ofrecer, a los desahuciados sociales, a los rechazados de siempre, a los jóvenes sin futuro ni esperanzas de poder acceder a mejores niveles de vida, una formación académica de excelencia y de calidad, que les permitiera conseguir un trabajo – en este caso como técnicos superiores universitarios en el campo de la informática – y que con un perfil de egreso altamente calificado en el campo de la informática, pudieran conquistar un empleo digno y con un sueldo decoroso que les permitiera salir adelante en su vida.
Durante los ocho años que estuve al frente como director de la División de Informática en la Universidad Tecnológica Fidel Velásquez, han sido los mejores y más felices años de mi vida académica y profesional. Logré encontrar el sentido más profundo del significado de ser profesor. Esta universidad y su extraordinario equipo de trabajo académico, técnico y de apoyo secretarial, ha sido la tarea más exitosa y edificante que logrado en mi vida, en donde cientos de los jóvenes y señoritas que pasaron por sus aulas han realizado sus sueños de vida: que la educación pública esté al servicio de la mejor causa a la que se puede contribuir en este país, formar jóvenes con altas competencias tecnológicas para que desde su propia plataforma de aprendizaje sean útiles asimismo, a sus familias y a la sociedad.
Profesor Jesús Guadalupe Heras Ramírez
Yo no quería ser maestro, pero fue lo mejor que me aconteció en mi vida miserable.


[1] Me refiero aquí a la canción Por los Caminos del Sur del ilustre canta autor originario del Estado de Guerrero, Agustín Ramírez, la cual constituye una brillante melodía elaborada con versos que resaltan lo más hermoso de la cultura del sur de mi país, México, a partir del sentimiento de identidad social de su creador, quien, por cierto, era familiar de mi abuelo paterno: don Isaías Ramírez.
[2] Para que se dé una idea del valor de .20 centavos, era el valor que se pagaba por recibir uno de los desayunos escolares que distribuía el Instituto Nacional para la Protección de la Infancia (INPI) en todo el país. Con el valor de un peso, se podría comprar cinco piezas de pan dulce, con lo cual se podría alimentar – si de dividían los panes por la mitad- una familia numerosa como la mía.
[3] “Hacer el mandado” es una expresión en la vida cotidiana en Nuevo León, para significar que una persona va ir de compras.
[4] Se tenía que pagar dos pesos con cincuenta centavos al año por cada hijo inscrito en la escuela, y, nosotros, los Heras los “ricos del pueblo” éramos cuatro.

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